LA SUDAMÉRICA DE HIDROCARBUROS, la Bolivia sin gas (*)
El autor destaca la nueva fiebre hidrocarburífera en Sudamérica destacando el papel de Vaca Muerta en Argentina y Guyana; evidenciando, empero, el papel preocupante de Bolivia hasta hace poco considerada como una potencia gasífera regional…
EDICIÓN 157 | 2026
Oscar Antezana Malpartida (*)
Sudamérica vive una nueva fiebre petrolera. Desde las profundidades del Atlántico frente a Brasil hasta las llanuras de Vaca Muerta en Argentina, pasando por el sorprendente auge de Guyana y, seguramente, el retorno paulatino de Venezuela, la región se reposiciona como un actor clave en la oferta mundial de hidrocarburos. En medio de ese mapa en expansión, Bolivia aparece como una excepción preocupante: un país que fue potencia gasífera regional y hoy enfrenta una caída sostenida de producción, sin exploración relevante a la vista.
Durante el auge de precios de la década de 2000, Bolivia exportaba gas a gran escala. Entre 2010 y 2014 produjo en promedio entre 55 y 60 millones de metros cúbicos diarios, abasteciendo principalmente a Brasil y Argentina y generando ingresos fiscales que financiaron buena parte del gasto público. Una década después, la realidad es distinta: la producción ha caído por debajo de los 40 millones de metros cúbicos diarios y las exportaciones se redujeron drásticamente, reflejando el agotamiento de campos maduros y la ausencia de nuevos descubrimientos de escala.

“Guyana, tras un hallazgo costa afuera en 2015, produce hoy más de 650.000 barriles diarios de petróleo…”
El contraste regional es marcado. Guyana, tras un hallazgo costa afuera en 2015, produce hoy más de 650.000 barriles diarios de petróleo, convirtiéndose en el mayor productor per cápita del mundo. Brasil supera los 3 millones de barriles diarios gracias a sus reservas presalinas y consolida al crudo como su principal exportación. Argentina apuesta a que Vaca Muerta supere el millón de barriles equivalentes diarios antes de 2030, convirtiendo al shale en el eje de su recuperación económica.
A este tablero se suma Venezuela, el gigante petrolero histórico de la región. Con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, su producción se desplomó en la última década por mala gestión, sanciones y colapso institucional, cayendo desde casi 3 millones de barriles diarios a poco más de un millón. Los recientes acontecimientos políticos y los intentos de reactivar la industria, bajo supervisión internacional y con posibles reformas para atraer inversión extranjera, vuelven a colocar a Venezuela en el radar energético global. Si logra estabilizarse, podría recuperar rápidamente producción y competir por capitales que hoy fluyen hacia otros países sudamericanos.
Este contexto es clave para entender el problema boliviano. Mientras otros países compiten por inversión, tecnología y mercados, Bolivia prácticamente abandonó la exploración de hidrocarburos durante más de una década. No se trata de una decisión ambiental estratégica orientada a liderar la transición energética —como tampoco lo hicieron Brasil o Guyana—, sino de una combinación de incertidumbre regulatoria, ausencia de incentivos y gestión de corto plazo. El resultado es una erosión silenciosa de reservas, ingresos y peso geopolítico.
La paradoja es mayor si se considera que el gas natural sigue siendo demandado a nivel mundial como combustible de transición. En lugar de aprovechar esa ventana, Bolivia importa cada vez más combustibles líquidos, pierde contratos de exportación y reduce su margen fiscal. A diferencia del petróleo, el gas boliviano no cuenta con un plan creíble de reposición de reservas ni con una estrategia clara para atraer inversión de riesgo compartido.
El auge petrolero sudamericano ocurre, además, en plena crisis climática. Incendios, inundaciones y sequías más extremas golpean a la región, mientras los países avanzan en nuevos proyectos fósiles. Brasil incluso será sede de la próxima cumbre climática global, al tiempo que autoriza perforaciones en zonas ecológicamente sensibles. La tensión entre desarrollo, energía y clima atraviesa a toda Sudamérica.
Para Bolivia, la lección es incómoda pero clara. No explorar también es una decisión, y sus costos ya se sienten. Mientras vecinos fortalecen su posición energética y eopolítica, el país administra el declive de su principal recurso sin haber construido una alternativa exportadora viable. En un mundo que todavía no abandona los hidrocarburos, quedarse al margen no acelera la transición: solo reduce ingresos, influencia y capacidad de decisión.
Bolivia enfrenta así una encrucijada estratégica. Puede seguir consumiendo su capital gasífero hasta agotarlo, o redefinir su política energética con realismo: exploración responsable, reglas claras y una transición ordenada financiada con recursos que hoy se están dejando pasar. Sudamérica ya tomó una dirección. La pregunta es si Bolivia decidirá no quedarse atrás. A la larga, la apuesta debería ser a los recursos renovables./p>

“Bolivia enfrenta así una encrucijada estratégica. Puede seguir consumiendo su capital gasífero hasta agotarlo, o redefinir su política energética con realismo…”
(*) Columnista.



